DECIR LA MUERTE [Juan Manuel Silva Camarena]
Vamos a hablar de la muerte. ¿Y por qué no? Decir la muerte. ¿Cómo no? Podemos decir-la, mal-decirla, contra-decirla, des-decirla (y hasta decidirla). Si todo se puede decir: lo bueno y lo malo, lo que existe y lo que no, lo que conviene y lo que es mejor no decir, lo privado y lo público, lo trivial y lo sublime. Todo se deja decir. Incluso podemos decir (ya lo han dicho por ahí) que cuando no se puede hablar, es mejor callar.
Pero ¿no es la muerte precisamente el fin de la palabra? Juguemos con el lenguaje, claro que sí, con todo se puede jugar, o dejemos que él juegue con nosotros y nos diga que el fin de la palabra es decir la muerte. Como si quisiéramos afirmar que el que va a morir algún día tiene que estar dotado de palabra para poder expresar su propia muerte. Tiene que decir, porque lo sabe, que va a morir. Todos sabemos que vamos a morir. Y esta es una de las terribles cosas que nos pasan. Y podemos y debemos afirmar con seguridad que el que está dotado de palabra es capaz de hablar para poder decir lo que le pasa. Y a veces, pues, nos sucede la muerte. ¿Y no es cierto, acaso, que intentamos escapar un poco de la muerte propia hablando de ella? Pero si llega, ¿cómo huir de ella sin palabras?
Para nadie es extraña la extraña experiencia de no saber qué decir frente a la muerte. Si uno trata de salirse con la suya, de cualquier modo no dice nada. ¿Qué decirle a quien se le muere alguien? ¿Qué decirle al otro de mi muerte? ¿Qué decirme a mí mismo de mi propia muerte (presentida, deseada, anunciada, temida, como sea)?
Ya sabemos que a veces hablamos de cosas, en una pura cháchara, precisamente para no saber nada de lo que sí importa. ¿Y por qué tendría uno que andar por ahí escapando de su propia muerte? ¿Por qué razón habría que huir de la propia muerte como se dice que hay que huir del mismo diablo? ¿Es la muerte algo tan malo como el mismo demonio? ¿Dónde está lo malo de la muerte? ¿Por qué es tan malo morir? ¿Qué pierdo yo, cuando me llega la muerte? ¿Qué pierde el otro cuando me muero yo? ¿Qué parte de mí no se pierde para el otro cuando yo me muero? ¿Qué parte de mí mismo mata el otro, cuando me abandona? ¿Morir es algo enteramente malo porque en la muerte me pierdo a mí mismo? Por cierto, y preguntando francamente: ¿Qué tan malo es morirse?
Cuando pensamos en serio en la muerte nos ponemos de mal humor, nos desesperamos, y a menudo sentimos un desasosiego atroz, desespero porque se nos vienen encima muchas preguntas e inventamos muchas respuestas, pero ni unas ni otras acaban de distraerme del hecho, enteramente desalentador, cuando advierto que en una especie de proceso gradual, poco a poco se me van acabando las palabras (o las ideas, da lo mismo) con las que pensaba hablar de ella, de que me siento más frágil ante la muerte si no puedo hallar “buenas” respuestas buenas.

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